Maestros, escuelas, enseñanza oficial: aprender teatro en Buenos Aires

Entre los mayores desafíos del teatro como sector está el de pensar en cómo, en los próximos años, va a albergar y dar lugar a las miles de personas que año a año eligen formarse en la actuación. Y es que en Buenos Aires son cada vez más los “alumnos” que “estudian” teatro, de la forma que sea y con el docente que sea, mucho de ellos con la idea de volcarse profesionalmente al campo.

Con el fin de ahondar en las características de las distintas forma de enseñanza artística, Emprende Cultura se propuso una división entre aquellas escuelas que dependen de un maestro-actor particular, con quien los alumnos eligen estudiar; las que poseen diversos maestros y una filosofía interna e integral; y las escuelas oficiales de enseñanza artística, que pueden ser públicas y privadas, y que poseen una división en años y niveles y requieren de evaluaciones para la obtención de un título final.

La división es arbitraria, como cualquiera de las otras que se pueden hacer (por métodos, por subdisciplinas, etc.), y en este caso geográficamente delimitada (se tomará como referencia el área metropolitana, frente a la imposibilidad de abarcar todo el territorio nacional). Pero es un esfuerzo para intentar aproximarse a un fenómeno cada vez más grande, que no parece estar dispuesto a parar de crecer.

Los “maestros”

Sucede con muchos estudiantes de teatro que en algún momento de su formación quieren “estudiar con tal”. Ya sea por admiración hacia su trabajo, por recomendación, o por el “método determinado” que aquel actor o actriz utilice, los alumnos no buscan una escuela sino directamente su escuela, su taller, su seminario.

En la página de la Asociación Argentina de Actores, por ejemplo, hay un catálogo con las clases y cursos de varios consagrados de la escena, como por ejemplo Luis Agustoni, Agustín Alezzo, Cristina Banegas, Pompeyo Audivert, Norman Briski, Reina Reech y Lito Cruz, entre muchos otros. La lista es larga y sin embargo está desactualizada, porque año a año son más los actores que se animan a abrir sus propios estudios o sus propios talleres.

Cada uno tiene sus propias reglas: no hay un precio promedio por las clases, tampoco una duración estimada de la formación. Algunos hacen muestra a fin de año, otros directamente talleres de montaje. Hay incluso quienes creen que no es necesario mostrar. Muchos se identifican con ciertas teorías históricas, otros construyen en base al grupo de trabajo. Algunos arman talleres numerosos, otros creen que cuantos menos, mejor.

Guillermo Cacace es uno de los directores y dramaturgos más destacados de la posdictadura, y también uno de los docentes más elegidos por quien decide estudiar actuación. Director de la aclamada Mi hijo camina un poco más lento, la obra éxito del 2015 que también cautivó a cientos de espectadores durante 2016, tiene una postura clara: que actuar es de por sí una “conducta propia de lo humano” y que “no se necesita aprender a actuar”.

“trabajar para el estado de prueba permanente, de laboratorio portátil”¿Por qué y pará qué se estudia entonces actuación? Para él, porque lo que se necesita es “asumir la posibilidad de crear actuación en contextos artísticos”. “Allí aparecen diferentes tipos de potencias o bloqueos. Es el encontrarse con esos bloqueos o potencias que impiden o dan fluidez al actuar lo que uno entrena”, opina el teatrista, para quien “más que métodos existen procedimientos que tienen marcas singulares definidas por la experiencia de cada uno”.

Para Cacace, “el docente se concentra básicamente en generar un buen encuadre que propicie la confianza suficiente en la relación con el actor y entre el grupo de actores para que ante la emergencia de dificultades estén dadas la mejores condiciones para tramitarlas”. “El docente que me interesa se corre de la exigencia del hallazgo y trabaja para el estado de prueba permanente, para un estado de laboratorio portátil a cualquier instancia de actuación”.

Una aclaración es necesaria: muchos de los “maestros” dictan sus talleres de entrenamiento dentro de escuelas, en las que generalmente para los primeros años hay otros docentes a cargo. Cacace es uno de ellos: sus seminarios se enmarcan en la escuela del teatro Apacheta Sala/Estudio, donde también da algunos cursos de entrenamiento la actriz Julieta Abriola.

Las escuelas

Hay en cambio otras escuelas en las que no importa quién es el docente porque lo que va a buscar el alumno es otra cosa: un lugar para formarse que tenga una idea y una concepción detrás.

Por lo general, aunque no siempre, estos espacios de entrenamiento dividen a los alumnos de acuerdo a su nivel de acercamiento y experiencia con el teatro. Así, suelen verse cursos de “iniciales”, “intermedios” y “avanzados”, suponiendo cierta progresión a lo largo del recorrido del actor.

En varios “primer año”, por ejemplo, se trabaja con el reconocimiento del aparato de actuación, que se entrena con diversos procedimientos, por ejemplo la improvisación, y recién en un segundo año se accede al texto.

En la Ciudad de Buenos Aires existen muchísimas escuelas de este tipo. Tantas, que hasta ahora ha sido imposible censarlas a todas. En Alternativa Teatral, por ejemplo, en la pestaña “Cursos” hay más de 200 opciones para estudiar actuación, y otras cientas para entrenarse en otras ramas de las artes escénicas.

En el barrio de Boedo, Timbre 4 se posiciona como una de las escuelas con más alumnos y más prestigio. Fundada por el célebre director y dramaturgo Claudio Tolcachir, es coordinada por Diego Faturos y Lautaro Perotti, dos reconocidos actores de teatro, cine y televisión que además son docentes de la escuela. La escuela ofrece formación durante todo el año. En verano, incluso, hay seminarios intensivos a cargo de directores invitados, argentinos y también de afuera.

“hay que tomarse el tiempo para buscar el camino”En diálogo con EC, Faturos cuenta que “Timbre está pensada en función del alumno”. “Cada uno elige el recorrido que quiere, no promovemos grupos armados. No es que el mismo grupo del 2016 pasa todo junto al 2017 con otro profesor, sino que cada uno va haciendo su evaluación y eligiendo qué y cuándo cursar, obviamente con la consideración de la escuela”.

Si bien no cree en eso de los niveles, por una cuestión de organización la escuela consiste en cuatro años, el último como taller de montaje. “Queremos que la escuela sea un lugar para llenarse de experiencias y recorridos. Hay gente que hace toda la escuela y llega a cuarto y le viene bien volver a transitar cosas de nuestro primer año. Ponemos el ojo en lo personal de cada uno, en lo que necesita cada alumno”, cuenta el actor de La omisión de la familia Coleman, que dice que su objetivo es que “los alumnos se sientan exigidos y a la vez felices”, y que para eso “hay que tomarse el tiempo para buscar el camino.”

Enseñanza oficial

El último eslabón de la categorización aquí propuesta refiere a las escuelas, institutos o dependencias de enseñanza oficial, que son aquellas aprobadas por el ministerio de Educación, y que otorgan al alumno un título oficial en una carrera artística.

Estas escuelas pueden ser públicas o privadas, y nacionales (por ejemplo, la Universidad Nacional de las Artes), provinciales o municipales. En la Ciudad de Buenos Aires se encuentra la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (Emad), que es una de las cinco instituciones que depende de la Dirección General de Enseñanza Artística.

Fundado en 1965, la Emad es un Instituto Superior no Universitario de formación en las diferentes disciplinas teatrales de la ciudad que tiene una sede central (en Sarmiento 2573) y cuatro anexos. Ofrece distintas carreras: además de la más elegida, la de Formación del Actor/actriz, hay una tecnicatura en Puesta en escena, otra en Escenografía, cursos de dramaturgia y un profesorado de teatro. Cada carrera tiene su plan de estudios, con asignaturas, seminarios y especializaciones.

Tatiana Santana es ayudante en las materias Dirección y Puesta en escena I y II, en la cátedra del director Andrés Bazzalo. También es egresada de la Emad, escuela a la que defiende por su “educación integral”. “El beneficio de esta educación formal es que es mucho más amplia”, sostiene la teatrista, frente a las posturas más radicales que cuestionan la institucionalización de la educación artística, por encontrar esas dos variables como opuestas o contradictorias.

“se necesita tiempo para que la información decante. El aprendizaje es progresivo”“El alumno recibe información teórica y práctica muy profunda en todas las materias, que además están relacionadas entre sí, pensando en un proceso general de aprendizaje. Además, todos los docentes que dictan clases se dedican al teatro o a la disciplina que enseñan, y están muy actualizados”, enumera la actriz, que como contra encuentra las mismas que las de cualquier formación universitaria en otra disciplina: “Hay mucha carga horaria y a veces tenés que acomodar tu vida y tus tiempos en función del estudio”.

En la Emad, distinto a las clases con los maestros o las escuelas, los primeros dos años los alumnos entrenan con los mismos docentes para “adaptarse”, y los últimos dos también, lo que les permite trabajar intensamente en los desafíos finales. Muchos de los docentes de la institución son grandes “maestros” (Mauricio Kartun, Luis Cano, etc.); otros tienen sus escuelas propias, en las que entrenan actores de otra forma.

Sin embargo, hay algo en lo que todos los métodos de entrenamiento coinciden: el tiempo. “Es clarísimo que se necesita tiempo para que la información decante. Con los años vas adquiriendo mayores desafíos. El aprendizaje es progresivo”; resume Santana, que encuentra así el punto en común entre todos los métodos.

Foto gentileza Apacheta Sala/Estudio

AUTOR

PAULA SABATÉS. Periodista y estudiante de Comunicación Social en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Es colaboradora permanente del diario Página/12 y columnista en el programa Que vuelvan las ideas, por AM750. Colaboró en distintas secciones de Diario Z y en las revistas Caras y Caretas, Acción, Picadero y NaN. Dirigió la revista Arlt, una publicación del Centro Cultural Padre Mugica.

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