José Luis Gallego, cuentacuentos: volver al círculo de hombres alrededor del fuego

La primera vez que el cronista vio a José Luis Gallego fue por Canal Encuentro, en un video de una charla Ted que Gallego dio en 2014. Ahí ubicó una silla en medio del escenario, cerca de la platea, y contó un cuento. Luego pasó la grabación de un interno de la Unidad 48, de José León Suárez, que asiste al taller que Gallego da en el penal. En el testimonio, el interno explicaba cómo comenzar a narrarle historias a su hijo le había cambiado la vida. En la narración no hay dispositivos que median ni pantallas donde mirar. Es cuestión de escuchar e imaginar. Tan fácil y tan difícil como eso. Es volver al círculo de hombres alrededor del fuego, dice Gallego.

El maestro y el oficio

Había una vez un niño. “Llegó a mí. Yo estaba en séptimo grado, en una escuela alemana en Villa Ballester, con esta cara y este apellido que tengo. Y apareció un maestro – que se llama Juan Marcial Moreno -, que además de ser nuestro maestro de grado era cuentero. Nosotros éramos – imaginate – unos desacatados, y cuando llegó él creo que lo primero que dijo fue ‘¿Quieren que les cuente un cuento?’. Nos contó El Porquerizo, de los Grimm. Qudamos fascinados; queríamos ir a la escuela, teníamos ganas de ir a la escuela porque estaba él. Hacíamos maquetas del sistema solar… Cambió nuestra perspectiva con respecto a la educación en general”.

La vida, sin embargo, lo llevó luego por distintos caminos hasta que a los 28 años, cuando era gerente de una empresa gráfica, volvió a la narración a través de la escritura. Para cuando terminó su primer libro, había vuelto a encontrarse con su maestro de la infancia.

Fue a estudiar con Moreno al Instituto Summa y estudió ahí unos años. “Paralelo a esto, empezó a aparecer trabajo de narrador. Así, entre la práctica del taller y la práctica de la contada me fui haciendo cuentero”.

Sobre el oficio, Gallego dice que “es un trabajo como cualquier otro. Como ser plomero o pastelero. No tiene mucha diferencia. Nosotros trabajamos, básicamente – o, por lo menos, hablo de mí -, instalando imágenes en el subconsciente del otro. Por eso estamos despojados de lo que tiene que ver con los elementos físicos”. Los narradores suelen contar con una silla como único elemento escénico, la noción de estamos todos al mismo nivel y me quedo, no me voy a ningún lado. “Nuestra materia prima”, explica Gallego, “a veces, más que la palabra es el silencio y tiene que ver con instalar espacios de escucha; ese es el desafío”.

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Narrar en todas partes

Actualmente, Gallego está trabajando en la Unidad 48, de José León Suárez. Está también en otro proyecto de la Universidad de San Martín (en la 48 trabaja en la sede de la UNSAM dentro del penal), que se llama Lectura Mundi – la noche de la entrevista venía de trabajar con gente que está en la separación de residuos de la montaña de basura que es el Ceamse de José León Suárez -. “Mi trabajo consistió en rescatar las historias que se contaban ahí y ayudarlos a ellos a pasar a producir esas historias. Primero fue la historia de la planta de separación de residuos, después fue la historia del fantasma que vive ahí, y así cada uno fue contando eso. Yo generalmente suelo trabajar igual que vos, con un grabador; grabo y vuelvo ahí con el texto escrito y se hace un proceso con la escritura que después se publicó en un libro”.

Por otra parte, Gallego vive en el barrio San Andrés, en el partido de San Martín. Ahí se dio un proceso de regionalización de la cultura, donde desde hace más de quince años se han ido sumando propuestas artísticas “con un nivel y una calidad de obra como para poder presentarse en el barrio, y el barrio habilitó una cantidad de salas propicia para eso. Entonces, hay varios espacios escénicos de calidad con obras de calidad. Lo que dio que se empiece a formar un público y que haya un público que consume arte y disfruta de poder consumir arte en su barrio sin que tener que hacer un viaje o estar obligado a hacerlo”. Así, Gallego pasó a formar parte de ese colectivo de artistas. A fin de 2014, la universidad les habilitó un espacio – la Carpa – para poder armar un festival.

Como si todo eso fuera poco, también está trabajando con maestros y maestras hospitalarios. Las escuelas hospitalarias funcionan en el Garrahan o Casa Cuna. Dentro de ese marco, Gallego trabaja con los docentes para darles herramientas en lo que es el oficio de contar cuentos. También ha narrado en hospitales, en la villa La Cárcova. Además, tiene desde su programa de radio El Mono Cuentero – en FM La Tribu, todos los miércoles a las 24hs -,  y un ciclo mensual intitulado El Monoambiente, que es un espacio para que vengan otros cuenteros.

Construyendo el círculo

El cronista creía recordar que Gallego había asociado el momento de la narración y el rol del narrador en ese momento al de un chamán. “De alguna manera, el cuentero incorpora entidades que son los cuentos; desaparece el cuentero y pasa a ser contado el cuento. Pero eso que te dije la otra vez tenía más que ver con el proceso creativo de búsqueda de las ideas donde, de alguna manera, uno se pierde en esa inmensidad que es la nada misma y de ahí brotan ideas que uno después puede transformar en historias. Básicamente, es lo mismo, porque trabajamos con algo originario que es el círculo”. Es la imagen de los hombres sentados alrededor del fuego para contarse historias… para contarse. “Ese ambiente es el ambiente original.  Es el origen del hombre junto al fuego. (…) Porque el fuego lo conocían, pero descubrieron cómo llevarlo, cómo usarlo, y eso generó un tiempo nuevo. Un tiempo de estar libre, libre de los depredadores, de estar cubiertos. Ahí, aparece algo nuevo en el hombre. Aparece la ficción. Aparece la imaginación, lo que no está afuera, sino adentro”

Cuando el espacio de escucha consigue instalarse, “aparece un silencio donde uno empieza a ver cosas que no están afuera, sino adentro de uno. Este oficio tiene mucho que ver con eso, con que las imágenes suceden dentro de las personas”.

Para José Luis Gallego, cada contexto tiene sus características, ninguno se puede abordar de la misma manera. En los hospitales, “tiene que ver con contar cuentos al pie de la cama, en general, de las salas de pediatría. A veces también lo hago con adultos y con tercera edad. Es un trabajo más personal”, donde el cuentacuentos no sólo habla para el chico sino también, “a veces, a la persona que está con él, y entonces se trabaja con ese ámbito familiar que está alrededor de la internación”. En ese contexto, donde el cuento puede verse interrumpido por la necesidad de atender algún evento médico – “poner alguna sonda, cubrir algún tipo de ataque” -, la narración debe imperiosamente adaptarse. Sin embargo, eso no significa que el relato deba terminar ahí, sino que quizás haya que esperar y recomenzar, pero desde otro lugar,  “es como los cuentos de las Mil y una noches, que hay un cuento dentro de un cuento”. Así, también el suero puede transformarse en “barrilete de agua”, y el mundo hospitalario puede disolverse durante un tiempo en el de la imaginación.

Si bien Gallego narra en diferentes espacios y tiene un espectáculo – El viajecito de Felipe – que viene presentando desde hace rato, son los contextos como los hospitales, las cárceles o las instituciones psiquiátricas donde realiza el trabajo quizás más intenso. “Por alguna razón, alguna fibra interior mía tiene más que ver con eso”, con los espacios marginales, “que es de alguna manera lo que ocultamos o tiramos a la basura. Por eso también trabajo con los cirujas. Creo que hay algo que veo en la narración oral que es una herramienta que sirve para rescatar la individualidad de las personas cuando el sistema masifica”. Para Gallego, “imaginar es un proceso individual, nadie imagina lo mismo que el otro. (…) Se conecta con algo que se ha perdido, que el sistema tiende a aplastar. Un chico pasa a ser un número de cama, un alumno un guardapolvo blanco, un preso un doble apellido o un número de causa, etc”.

Foto: Diego Braude

AUTOR

DIEGO BRAUDE. Licenciado en Artes Combinadas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Periodista y documentalista. Crea y dirige Imaginación Atrapada desde 2005, proyecto seleccionado como mejor revista de teatro en los Premios Teatros del Mundo. En 2013 estrenó su largometraje documental “Fabricantes de Mundos” y desde 2011 ha escrito en el diario Página/12 y la revista Acción.

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