Eloísa Cartonera. El cartón es vida

Hace once años, un grupo de artistas decidió emprender la tarea de publicar libros con materiales reciclados. Lo que era una curiosidad se transformó en una posibilidad viable de edición que, además, también sumó fuentes reales de trabajo y se vinculó con las nuevas formas de subsistencia que habían crecido fruto de la crisis del 2001 como la cartonería. Once años después de su fundación, Eloísa Cartonera se ha reproducido en múltiples proyectos dentro y fuera de la Argentina mientras siguen laburando todos los días en su taller de La Boca.

Al principio, era una curiosidad, luego hubo interés por su veta social montada sobre el trabajo artístico y creativo. Escritores conocidos y desconocidos pasaban a formar parte del acervo primero como aporte, mas luego como un ser parte. Así, los nombres de César Aira, Rodolfo Fogwill, Dani Umpi, Fabián Casas, Pedro Lemebel o Washington Cucurto, entre otros, engalanan la biblioteca de Eloísa. Del elenco original, que incluía al diseñador Javier Barilaro o a la artista Fernanda Laguna, sólo queda Cucurto.

Es un día caluroso de septiembre, alrededor de las tres de la tarde. El cronista llega tarde a la entrevista porque, en el apuro, se toma el colectivo equivocado y termina del otro lado del Riachuelo. Es la misma semana en que Argentina pone en órbita al Arsat 1, el primer satélite geoestacionario enteramente diseñado y controlado desde el país, que le dará mayor independencia en lo relativo a telecomunicaciones y lo ubica entre un selecto grupo de naciones apenas poco más de una década luego de que el exministro de Economía Domingo Cavallo mandara a los científicos argentinos a lavar los platos. Es la misma semana que se encuentra el cuerpo de Luciano Arruga enterrado hace seis años (es decir, desde el mismo momento en que su familia comenzó a buscarlo desesperadamente) como NN en el cementerio de Chacarita, en lo que es una causa paradigmática de violencia institucional y corrupción policial y judicial. A una cuadra y media del estadio de Boca, la gente pasa delante del local ubicado en Aristóbulo del Valle 666, en la esquina, y saluda. Adentro, muchos libros, dos mesas grandes de trabajo, fotos varias, un póster del Che y otro de Evo Morales, un afiche que reza “El cartón es vida” en varios idiomas y la placa del premio de la fundación holandesa Prince Claus Fund recibido en 2012. Es Eloísa Cartonera.

Ricardo Piña es autor y, fuera de Cucurto, el miembro más antiguo de Eloísa. Responde mientras no deja de trabajar, lo mismo que su compañero Alejandro Miranda. Piña recuerda que en el inicio era “una cosa más informal, más de hobby. Con el tiempo esto se fue tornando más formal, más serio”. Lleva diez años en la editorial. “Acá los libros son como el pan”, salen frescos y todos los días.

Piña conocía a Cucurto, “había leído algo mío y le interesó. Me pidió textos y yo le dí textos”. Por aquel entonces la editorial estaba en Almagro, y Ricardo empezó a ir. Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba adentro y laburando.

Por su parte, Miranda ya lleva seis años en Eloísa, el año en que el emprendimiento pasó a ser formalmente una cooperativa.  “De hace un tiempo a esta parte, somos los mismos que nos quedamos” (siete), porque antes iba y venía más gente. “Se transformó en nuestro trabajo”, que no deja de ser un trabajo artístico, dice Miranda.

En medio de la charla, por la puerta se asoma un cartonero y saluda. Miranda toma el cartón descartado y se lo entrega. Es conocido que Eloísa compra el cartón directo de los recolectores bajo lo que denominan precio justo (en lugar del precio tirado abajo que muchas veces reciben), pero además les devuelven aquel material que queda sin utilizar para que el recolector lo pueda revender.

En alguna época, los cartoneros también fueron parte integral del trabajo en la editorial, pero “esto es un estilo de vida, y ser cartonero es otro estilo de vida”, explica Miranda la razón por la cual la mayoría se fue yendo.

Miranda y Piña responden las preguntas mientras cortan y doblan el cartón, preparándolo para que devenga en libro. Antes publicaban pocos por día, en esa anterior época “más romántica”. Hoy hacen tiradas numerosas, de hasta cien ejemplares diarios o más.No hay roles fijos, “nosotros hacemos todo. (…) Yo hace un rato estaba pintando, él ahora está pegando, después él tiene que llevar los libros a vender al centro…”.

Mantienen en la distribución una política de precios bajos y venden a todo aquel que quiera comprar. Los libros de Eloísa ya hace tiempo que se ven en kioscos y librerías (alguna vez contaron en una nota de la reticencia inicial de los libreros y de cómo algunas librerías a veces recargan hasta 40% sobre el precio al que le compran a Eloísa), pero cualquier particular puede acercarse por su cuenta si lo desea. El día antes de la entrevista, fueron dieciocho directores de museos de los EEUU y una directora compró una colección entera, más de doscientos libros. Cucurto ahora está yendo a una feria en México y se va a llevar libros de Eloísa. “Nosotros apuntamos al mercado interno”, lo que no quita que el modelo de Eloísa se haya replicado en el mundo.

La dinámica mes a mes implica que primero se cubren los costos (el único retorno en vil metal que tiene la editorial son las ventas) y el remanente se divide entre los integrantes de la cooperativa. De todos modos, ese ingreso no alcanza para que sea su única dedicación. Hay periodistas, escritores, estudiantes. “Esto es a lo que más tiempo le dedicamos, pero no deja grandes ganancias”, dice Miranda, que además trabaja en otra editorial y fumiga edificios.

Llega una mujer con su hijo y se lleva una caja con libros. “No hay intermediarios entre nosotros y la gente”. Más tarde llega Miriam Merlo, otra de las históricas, de vender. Viene con su hijo en brazos. Una pareja joven, que había llegado hace un rato, acompaña a Piña. De golpe hay bullicio en la editorial, pero ninguno deja la tarea que estaba haciendo, como si esa perseverancia y concentración fuera un elemento clave que explica por qué Eloísa sigue y sigue. “Nos falta el tiempo para hacer todo lo que debiéramos hacer”.

Foto: Diego Braude

AUTOR

DIEGO BRAUDE. Licenciado en Artes Combinadas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Periodista y documentalista. Crea y dirige Imaginación Atrapada desde 2005, proyecto seleccionado como mejor revista de teatro en los Premios Teatros del Mundo. En 2013 estrenó su largometraje documental “Fabricantes de Mundos” y desde 2011 ha escrito en el diario Página/12 y la revista Acción.

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