En los bordes andando. De rejas reales e irreales y mundos posibles

Esta nota no es más que el inicio de una experiencia rizomática. Al escribirla y buscar información complementaria, comenzaron a brotar más y más iniciativas, todas nutridas del mismo espíritu. Proyectos para contexto de encierro como Yo no fui, Atrapamuros, La resistencia o Elba (protagonista de los párrafos que siguen) – por nombrar apenas algunos -, se multiplican en las acciones emprendidas dentro de las mismas cárceles. Radios, bibliotecas, talleres, editoriales, diferentes y con puntos en común, que se caen y se reinventan permanentemente. Quizás el impulso se pueda sintetizar en las palabras de Yair Biela: “Una cosa es estar preso y otra es ser preso”.

Al Centro Federal de Detención de Mujeres “Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás” Unidad 31 (Ezeiza) se le conoce como el country, según comenta Silvina Prieto – ganadora del premio de crónica periodística La Voluntad que en 2013 llevó adelante la Fundación Tomás Eloy Martínez -. El penal fue inaugurado en 1996 y se lo considera una cárcel modelo. Es de seguridad mediana, aloja a unas 250 internas y posee sector para madres y un jardín maternal ubicado fuera del predio del penal. Silvina Prieto es una de las internas desde hace 14 años.

Yair Biela, escritor, muralista, tallerista, emprendedor, pasó ocho años y medio preso entre institutos de menores, Ezeiza y Marcos Paz. En 2012 Daniela Yaccar le hizo una nota para Página/12 – y publicó la entrevista completa en el blog Los Puchos -, en la que Biela cuenta que desde chico pasó a la calle, y ya por esos años la droga se volvió una constante (marihuana, cocaína, paco). A los catorce, después de un evento traumático, se prometió no volver a dormir un día más en la calle. A los dieciséis le anunció a su familia – con la cual siempre tuvo un vínculo conflictivo – que quería ser delincuente. Llegó a dormir en el Sheraton. En algún punto, se dio cuenta que no le gustaba para nada en lo que se había convertido. En el interín, entró y salió de institutos, hasta que pasó de categoría y cayó en Ezeiza y Marcos Paz. Fue en prisión que encontró que la cultura podía ser un espacio de transformación. Es abierto y frontal no sólo con lo que piensa, sino también con su historia. Nada es gratis, ni las secuelas del camino recorrido, ni la cuesta arriba del por recorrer.  “Estando dentro de la cárcel – relata – me llevaron a una iglesia en Paso del Rey, llevaban a mucha gente de Morón, había mucho lío con el paco en los colegios. Ante 500 pibes expuse mi vida. Y cuando bajé del escenario una señora me dio un abrazo y me dijo ‘qué buena y qué impresionante tu vida’. Le dije ‘no, señora: mi vida fue una mierda’. Si tuviera que elegir no elegiría ni en pedo la vida que tuve. Fue muy dura. Pasé mucho frío, hambre, miseria, mentira. Pero si le sirve a otro se la cuento”.

En la televisión y la web, las imágenes de linchamientos recientes están a la orden del día. También se habla de seguridad e inseguridad. Se pide mano dura y más policía, pero las fuerzas de seguridad misma son un problema (sin ir demasiado lejos, hay múltiples oficiales procesados por promover saqueos durante la huelga policial de diciembre pasado y casos como el de Luciano Arruga alimentan el agua podrida). De repente, hay narcos hasta en la sopa y se habla de garantismo, de penas y castigos. A eso se le opone la idea de inclusión, de integrar antes que destruir. En el medio, también están los que pregonan que algunos pueden ser salvados, pero que otros ya se encuentran más allá de todo rescate. En el discurso, todo se vuelve abstracto, rígido, plagado de prejuicios (negativos, pero también positivos) y sólo la práctica lo vuelve una realidad concreta que se puede mover en una determinada dirección (clickeando acá se puede acceder al informe completo 2013 sobre Derechos Humanos del Centro de Estudios Legales y Sociales, CELS, que incluye un apartado específico sobre el Servicio Penitenciario Federal). Para Yaccar, periodista de Página/12 y tallerista de Elba, “lo que me pasó la primera vez que fui a una cárcel, fue salir del tupper”.

El común denominador de Prieto, Biela y Yaccar es En los bordes andando (Elba), el proyecto encabezado por Luis “El Chino” Sanjurjo que comenzó en la Unidad 31 como un taller literario y de pensamiento en 2008. El Chino – músico y docente, licenciado en Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, docente en Ciencias de la Comunicación de la misma universidad – no cree en salvaciones, porque “no hay tal cosa como gente perdida (cursiva del cronista)”. Elba, dice, lo cambió.

Liliana Cabrera – bibliotecaria de la Unidad, poetisa, co-fundadora junto a Prieto de la primera editorial cartonera en un penal (primero bautizada Me muero muerta y luego Bancame y punto) -, elevó un pedido al Servicio Penitenciario Federal para poder armar un taller de lectura. Se reunían todos los jueves para la clase de Pensamiento filosófico y literatura y lo que iban a ser tres meses se volvieron ya casi seis años y algo más que un taller. Se volvió varios, que además del original incluyen sténcil, música, cine y periodismo. Y todos confluyen en una revista anual que se distribuye en el Centro Cultural de la Cooperación, Elba, cuando no han sido parte de las letras de Pléyades Reggae Foucaltiano – banda donde canta Sanjurjo -.

Una vez más para el cronista, la línea B. El lugar de encuentro es el CCC, donde todos los lunes se da el taller de periodismo. Yaccar hace la vez de anfitriona y lleva al sexto piso. Ahí ya está El Chino y poco tiempo después se acerca Biela, que pide que le manden preguntas e ideas para contrastar; Biela está armando un libro que apunta a funcionar como manual pedagógico para contextos carcelarios (tema que, dicen, en las bibliografías consultadas brilla por su ausencia).

De ahí se baja al segundo piso, donde luego del reportaje el equipo de Elba tendrá una reunión. Mientras se acerca Silvina (el lunes ella va al CCC con una autorización de salida), Biela comenta al cronista uno de sus proyectos actuales, que consiste en la modificación del artículo 64 de la ley 20337 (Ley de cooperativas). Yair Biela es síndico de la Cooperativa Señales y está familiarizado con la ley y el artículo en cuestión, que pena a los condenados por una serie de crímenes (donde no hay diferenciación y donde en muchas ocasiones la inhabilitación supera la pena original) con la imposibilidad de ejercer cargos de gestión en cooperativas. Biela entiende que para muchos presos que van adquiriendo oficios dentro de la cárcel, la posibilidad de conformarse como cooperativa sin tener que recurrir a un tercero sin antecedentes que los complete es una salida efectiva de inclusión. “¿Qué va a ser de Silvina sin que se le brinden los marcos de contención después de una condena tan larga?”, pregunta ejemplificando con su compañera de grupo. En esa línea, Elba misma está conformándose como cooperativa de trabajo, lo que facilitaría también encontrar recursos económicos.

Biela tuvo en Marcos Paz su propio emprendimiento cultural, Hacer Haciendo, que nació a su vez de las ideas para el programa de radio Lucha de Gigantes, que tenía en el mismo penal. Hoy, sus energías al respecto se concentran en Elba, y está convencido de que están dadas las condiciones para dar el siguiente paso. “El voluntarismo en algún momento se cae”, dice y agrega que entiende como necesario “darle un valor a nuestro trabajo”. “Se puede vivir de esto”, es la idea que trata de instalar en los talleres. De hecho, en la actualidad Biela trabaja como muralista – línea que empezó a desarrollar aún en prisión – y brinda talleres, entre otras labores.

El cronista pregunta cómo se presentarían si la pregunta fuera quién sos.

“Soy un padre. Soy artista. Eso soy”, dice Yair.

“Yo soy lo que ves y lo que escribo o lo que pinto. Con 46 años no hay muchas definiciones. Hay mucha historia atrás. A veces triste, a veces alegre. Pero, es lo que ves, no hay otra cosa. Por lo menos, honestidad seguro, el resto se ve a medida que uno te va conociendo”, dice Silvina

Prieto habla bajo, suave, pausada, segura, mira a los ojos, a veces puede ser taxativa. Cuenta que llegó a Elba por intermedio del Chino Sanjurjo cuando fue a dar su primer taller de literatura en el penal de Ezeiza. “Escribir libremente, sin ningún tipo de censura”, recuerda era la consigna. Cuando Silvina comenzó a poder salir en libertad transitoria, Sanjurjo “me ofreció venir acá y ahí la conocí a Daniela (Yaccar) que imparte el taller de periodismo”. Acostumbrada a la escritura – cuentos de terror y ciencia ficción -, se le animó el año pasado al premio La Voluntad, organizado por la Fundación Tomás Eloy Martínez. Su texto se centró sobre el tiempo en que Giselle Rímolo (ex del conductor televisivo Silvio Soldán) estuvo en el penal de Ezeiza. Fue la primera vez que escribía crónica periodística, y no le fue tan mal, porque ganó.

Prieto también asiste al taller de poesía Yo no fui que dirige María Medrano, y se considera estructurada, “después de tanto tiempo me atreví la vez pasada a incluir la palabra ‘culo’ dentro de una poesía. Para mí no iba, ¿viste? Era una cosa más formal, más estructurada, me parecía que estaba faltándole el respeto. Después que vi unos videos de Bukowski que me trajeron por acá (señala a Daniela), ya me importó tres carajos; ya me explayo de otra manera”.

Pensando la cárcel, Prieto dice que “a mí, no me cambió. En algunos aspectos, me favoreció. En el aspecto personal, yo hasta los 32 años viví con mis viejos. Llegar a un penal, me independizó. Tuve que empezar a hacer todas las cosas por mí misma. Ya no estaba mi vieja que me venía a buscar la bolsita para llevarla al Laverap, mi viejo ya no me ponía la plata en la mesa de luz para que hiciera las compras y me comprara lo que quisiera. No, tuve que desde abajo… muchas cosas que fueron penosas – que para mí fueron penosas, tal vez para otras personas no -… Yo, para llamar a mi vieja, no tenía una tarjeta de teléfono. Terminé lavando ropa de mis compañeras para tenerla y tampoco me sentí indigna por eso. O sea, yo buscaba algo para obtener un resultado, y el algo no era tampoco tan terrible”.

Cuenta que la curiosidad y la inquietud por estudiar le vienen de chica. Que a los tres años su abuelo le enseñó a jugar al ajedrez, que en la universidad primero se metió a estudiar Diseño Gráfico, pero después se cambió a Museología Histórica. Y en el penal lo mismo: a los quince días de entrar, ya estaba trabajando en la biblioteca. “Siempre rodeada con algo que me nutriera y que no fuera otra cosa que leer, escribir, pintar, música. Y así, empezaron los cursos: de poesía con María Inés Medrano, de guitarra con (Javier) Malosetti, de taller literario con el Chino, de restauración de muebles, de dibujo humorístico, de programación de computadora”.

Silvina saldrá en libertad para diciembre de 2015. Dice que siente que la oprimen los tiempos muertos en que no está haciendo algo. Recientemente, comenzó a dictar el taller que históricamente dio el Chino. Ahora pasa a estar al frente del aula, pero como experiencia “no hay diferencia”. Ella sigue siendo una interna, y por eso se siente “como en el limbo, yo estoy en la mitad. Estoy allá y estoy acá”. Conocer al grupo tiene sus ventajas, aunque comenta – con humor ácido que suele aplicar sobre sí misma – que no es extraño que las extranjeras que hablan poco español – “me falla el idioma inglés” – se terminen levantando y yendo. Cuenta que ocupar el rol de coordinadora no implica “ponerse en el rol de Maestro Ciruela, sino que seguís acompañando a las personas que tenés al lado. Sí, las vas guiando en otro aspecto, pero sigo haciendo los trabajos que yo misma impongo. O sea, no marco tanto un límite”.

En 2008, Yair Biela hacía un año que llevaba adelante Hacer Haciendo dentro del penal de Marcos Paz, que había conseguido armar una biblioteca y un programa de radio intitulado Lucha de Gigantes. Fue a través de Lucha… que consiguió llevar músicos al penal, de lo cual quedó una relación con varios de ellos. El programa fue eventualmente bajado, luego de que para una emisión invitaran a un juez sin avisarle a las autoridades de la unidad día y hora “y el juez vino y se encontró con la cárcel tal y cual es. Al otro día, me levantaron los equipos, había una persona responsable del Ministerio de Justicia y la echaron. De ahí se fueron proyectos de pibes, muy interesantes. Veía que todos los proyectos estaban agarrados de esta persona, de esta líder que teníamos en ese momento, que acompañaba y sabía guiar muy bien, y a los pibes les hicieron desistir de sus propios proyectos. Yo dije no, no tengo por qué dejar de hacer lo que estoy haciendo”.

Entonces, se juntó con Germán Fernández – cantante de Las Pastillas del Abuelo -, y elaboraron un taller literario. Había buscado también para el mismo objetivo pedir el traslado de César González (ahora más conocido por su pseudónimo artístico, Camilo Blajaquis), que estaba en otra Unidad Penitenciaria, pero fue liberado antes. Biela coordinaba el taller y pedía se le permitiera salir a recibir a los talleristas previo a su ingreso al penal: “entonces yo decía ‘Acá sale el preso’ y cuando entraba ‘Acá viene la persona que va a coordinar el taller’. Esto en un segundo, era sacarme un chip y ponerme otro” y, al final del taller, repetía el mismo proceso a la inversa.

Las normas de la unidad prohiben tener más de tres al mismo tiempo dentro de la celda. ¿La justificación? “Que se prende fuego”. Yair llegó a tener más de 200 libros en su biblioteca personal. “Siempre fui muy de ir en contra de lo que venía, de lo que tocó; nunca creí en lo que tocó, entonces había que hacer otra cosa”, dice.

Yair es el opuesto de Silvina: habla fuerte, rápido y con entusiasmo. Tiene también el aire de poeta en el hilvanar las frases. “Hoy vos preguntabas – le dice al cronista – quién sos, o qué sos. Son formas de ser, de estar siendo. Y esas formas de estar siendo me llevaron a una cárcel. No a la que estaba afuera y se veía por todos lados, sino a una un poco más interna. De berretines, de códigos, de formas. (…) Lo que hice en un momento, fue rebelarme hasta con eso”. Fue así que en cierto momento tuvo una reunión con una representante del Ministerio de Justicia y le comentó dos cosas: una, que estaba buscando a su hija, Lucila Nerea, a quien no conocía, y que también buscaba a un flaco que daba un taller de escritura y sacaba una revista en la cárcel de mujeres. La representante sabía de quién le estaba hablando, y entonces Biela le dio un poema suyo para que se lo acercara a Sanjurjo.

Yair Biela salió de la Unidad 26 Marcos Paz en 2010 y llegó al Centro Cultural de la Cooperación de la mano del Chino para fundar el área de Políticas culturales en contexto de encierro. Desde ese lugar, “empecé a trabajar en cómo influyen las políticas culturales en las personas que viven en contextos de encierro. Me llevó por un montón de caminos, a conocer un montón de gente” y a sí mismo. Alguna vez un amigo personal le escribió “mi esencia no es mi historia”, y cree que es así, pero también sabe que su historia lo nutre y lo ha llevado a ser quien es hoy. Para Biela es posible recrearse una y otra vez; “no hay límite”. “Anteayer estábamos en la cárcel de Marcos Paz, presentando un taller, y había un chabón allá (señala como si fuera una esquina distante), sentado solo. Eso fue fuertísimo. Lo veía serio al chabón, un bloque, y miraba todo desde allá pero como que no participaba en nada. En un momento, me le acerco con un mate y le digo

– Hola, ¿todo bien? ¿Hace mucho que estás?

– No, más o menos

– ¿Tenés para mucho?

– Sí, reclusión (perpetua)

“El pendejo, veinte años. Fuerte, ¿viste? Claro, ¿qué me vas a dar pelota a mí que te vengo a ofrecer un tallercito cuando vos tenés otros quilombos un poco más intensos? Algo lo puedo entender, porque yo estuve ocho años y medio en cana. Me pongo a hablar con él, me cuenta que tiene una hija y ahí fue un buen entre. Le digo ‘acá, lo único que podés mejorar es tu calidad de vida. (…) Buena, mala o más o menos te la vas a hacer vos’. Porque por ahí no podés salir nunca de acá físicamente, pero sí pueden salir tus ideas. Le digo ‘¿Vos qué le vas a dejar a tu hija? ¿El padre chorro que vive en cana o una persona que tiene ideas y que le puede igual transmitir un montón de otras cosas y puede mejorar su calidad de vida desde acá adentro?’”.

La entrevista pisa los minutos iniciales del momento de reunión. Ya van entrando al salón los otros talleristas de Elba. Entre ellos Rubén Greco Rótolo. Cuando el cronista pregunta por cómo es la experiencia de pasar de la teoría a la práctica docente en estos contextos, Greco responde rápido: “es todo artesanal”. Yaccar completa que “la docencia se aprende haciendo. Aprendés los límites del otro, tus propios límites. (…) Es ver qué le pasa al otro con lo que uno trae. Es un intercambio. Es horizontal, no hay una figura vertical. O, por lo menos, creo que nosotros lo vemos de esa manera; que aprendemos del otro a la par que nosotros le enseñamos al otro”.

“Uno sabe que va a atarlo con alambre, como dice el cantautor tan trillado”, explica Rótolo pero también aclara que no sólo piensan en el presente, sino también en el futuro porque “estamos acá para crear recursos no sólo para los chicos y las chicas, sino también para los talleristas”. En la línea de pensamiento que caracteriza a Elba expresa que “la ausencia de recursos para desarrollarse intelectualmente, es una condena por la que nadie firmó. (…) No están condenados a la ausencia del Estado. Están condenados a la ausencia de libertad ambulatoria, nada más y nada menos”.

Un par de días después, en charla telefónica por la noche, el cronista recorría con Sanjurjo una vez más el origen de Elba, el lugar desde dónde se paran para encarar cada tarea, de cómo en la cárcel “se amplifican las trayectorias que ya vienen vulneradas”. Venido de la Universidad de Buenos Aires, una institución conocida por mantener un esquema academicista, para Sanjurjo los talleres en Ezeiza y Marcos Paz implicaron toda una modificación en la manera de comunicar sus ideas – que luego, a su tiempo, llevó al aula de la facultad -. Pero eso también lo hizo reflexionar desde la práctica el vínculo de la universidad con la sociedad – más allá de programas como UBA XXII pensados para este tipo de situaciones -, pensando en debates hacia delante. Para muchos de sus estudiantes, la universidad es considerada algo lejano, inaccesible, porque “el acceso a la universidad es un problema no sólo para los pibes de la cárcel, sino para todos los pibes de las clases populares” y, asimismo como otra cara de la misma moneda, “la universidad no está pensada con una matriz de transferencia, de compromiso e involucramiento con los problemas de la sociedad y luego producir algo. Lo que sucede muchas veces con la universidad es que fomenta esta especie de tour zoológico por los problemas de la sociedad. Y eso significa contemplar para describir lo que sucede”.

Cerrando la llamada nocturna, Sanjurjo afirmaba que “tenemos la obligación de intervenir desde el lugar que podamos intervenir”, porque “tenemos todos derecho a una vida digna”.

Foto: Diego Braude

AUTOR

DIEGO BRAUDE. Licenciado en Artes Combinadas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Periodista y documentalista. Crea y dirige Imaginación Atrapada desde 2005, proyecto seleccionado como mejor revista de teatro en los Premios Teatros del Mundo. En 2013 estrenó su largometraje documental “Fabricantes de Mundos” y desde 2011 ha escrito en el diario Página/12 y la revista Acción.

5 COMENTARIOS DE LECTORES

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  4. Vivi on 18 junio, 2015

    hla qería contactarme con En los bordes andando para ver si puedo colaborar con uds. soy escritora, dramaturga y realizo un proyecto sobre Arte Transformador en prov de Bs As. los abrazo!
    Vivi

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